Prácticas Indecibles

Sismos

Mientras veía las imágenes de las pequeñas ciudades de Oaxaca, Chiapas y Tabasco arrasadas por el sismo de mayor magnitud del México moderno, la palabra solidaridad volvió a tomar fuerza en mi mente. Sin el respaldo, la adhesión, el apoyo, solo seríamos pedazos sin memoria, nada. Debo confesar que me conmovió el hombre que recogió la bandera de México y la hundió entre las piedras del derribo para izarla en los escombros. A muchos les pareció afectada y excesiva la estampa, a mí no.

Como si fuera un jirón del pasado que siempre estuvo en un rincón de la memoria, regresé al recuerdo del terremoto de 1985. Tengo edad para saber que mi primera ciudad me abandonó en el parque España de la colonia Condesa, el día en que dejé de considerar el juego del bote pateado como un arte mayor. La segunda ciudad me dejó el año del sismo, el día en que huyeron las sombras y los fantasmas del Regis.

Si alguien me preguntara por un emblema de la ciudad de mi infancia, contestaría sin dudar que la marquesina donde aparecía el nombre Olga Guillot. La voz que nos torturó con el quiebre de sus emociones era una eternidad en el pabellón de El Capri.

De todas las estampas trágicas del terremoto, la del Regis congrega como ninguna otra el final de una ciudad. Un símbolo del porfiriato, inaugurado en 1910 durante las fiestas del Centenario. En ese edificio estuvieron las oficinas del periódico El Imparcial, que fundó Rafael Reyes Espíndola. Ahí empezó una época del periodismo mexicano. Años después se convirtió en hotel. En el año convulso de 1928, en uno de sus salones, Plutarco Elías Calles tensó los hilos para que de ese sitio saliera Emilio Portes Gil como presidente interino de México.

Estuve frente a los derribos del Regis la mañana del 19 de septiembre de 1985, una ciudad y su memoria se desvanecían en el túnel del tiempo. Recuerdo el extraño orden de los escombros, como si el director de producción de una película hubiera depositado las letras del hotel entre los restos del edificio. Me acordé de que en el cine Regis, Juárez 77, vi Saco y Vanzetti, la historia de los migrantes italianos y anarquistas condenados a muerte en 1927, la canción de Joan Báez al final de la película te trituraba el alma.

Todo esto para decir que volcarse a los centros de apoyo para ayudar y solidarizarse con quienes sufren nunca estará de más, la solidaridad nunca sobra.

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay