Carta de Esmógico City

Cuando Ciudad de México fue Anáhuac


En su Cronología del progreso (Editorial Debate, España, 2016), libro generosamente informativo, gustosamente legible y sin duda futuriblemente plagiadísimo… o al menos así lo utilizará el cronista, Gabriel Zaid da el año 1917 como fecha de la publicación de la Visión de Anáhuac, de Alfonso Reyes. Esta obra que —como bien se sabe en los ámbitos universitarios y entre los de mera gente placenteramente lectora— combina la también generosa erudición, la querenciosa nostalgia del autoexiliado don Alfonso y una escritura deliciosa para pasear imaginariamente por la prehispánica Ciudad de México tal como la admiraron los capitanes de Hernán Cortés.

En tiempos en que las siempre retornadoras y abusonas lluvias parecieran querer ahogar a la geografía, a las ciudades y a las poblaciones del país, se lee con confortante delicia, entre otros innumerables prodigios, que la ciudad del valle de Anáhuac era una arquitectura acuática. Y para por fin citar párrafos sobre el casi poema en prosa reyesino, el cronista menor, este que aquí se halla tecleando, vuelve a Reyes, el cronista mayor, que escribió hace un siglo:

“Dos lagunas ocupan casi todo el valle: la una salada, la otra dulce. Sus aguas se mezclan con ritmos de marca en el estrecho formado por las sierras circundantes y un espinazo de montañas que parte del centro (…) En mitad de la laguna salada se asienta la metrópoli, como una inmensa flor de piedra. Las calles resultan cortadas, a trechos, por canales. Sobre los canales saltan unos puentes, unas vigas de madera labrada capaces de diez caballeros. Bajo los puentes se deslizan las piraguas llenas de fruta.(…) El pueblo va y viene por la orilla de los canales, comprando el agua dulce que ha de beber (…). Se abren las esclusas: las inmensas aguas entran cabalgando por los tajos.”

Visión idílica… Pero…

Pero también anotó y describió Reyes en 1915 (cuando escribía aquella obra maestra de la crónica), un ya fatal trayecto hacia nuestra cada vez más llovida aunque cada vez más árida ciudad capital. El mal asunto comienza así: “Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el año de 1900.”

Y, la catástrofe urbana, inurbana, fue creciendo año tras año, lluvia tras lluvia, inundación tras inundación, desecaciones tras desecaciones…