Igitur

Existo, luego pienso

La noche, en una de sus formas de plenitud es la noche del sentido, cuando el sentido del que está al filo de la crisis, o sobre la crisis como un mar único sostenido, se produce, la salvadora noche del sentido por desolada que sea. Porque entonces se siente, aunque sea pálidamente, que la germinación de lo que la ceguera y la mudez que la oscuridad sin más traería, no es solamente anuncio sino comienzo y razón al par.
María Zambrano

Desde el pináculo de la conciencia se ven las cosas de otra manera. Habrá, habrá, habrá... Curioso tiempo gramatical que sirviéndose del futuro justifica el pasado, y reparamos entonces en lo terriblemente triste que resulta conocer de antemano ese habrá; sin embargo, con certeza “habría”, por encima de las fronteras arbitrarias, que declararse ciudadano del mundo, tal cual hizo Diógenes. Cuando uno pretende enfrentarse al poder, libra una batalla importante como gente honesta y culta ante un sistema dominado por la clase política corrupta con la facultad del dinero.

La joie de vivre es mucho más que una expresión francesa que sobrepasa su literalidad. Filosofía que basada en aceptar la vida telle qu’elle est sigue la misma senda que el término Elan vital de Henri Bergson, traduciéndose normalmente como impulso vital. Dos frases en peligro de extinción que los moralistas las piensan “problemáticas”, y los mediocres “embustes de embusteros”. Toda hipocresía humana tiene origen en aquello que nos afanamos en aclarar y que no necesita explicaciones.

A propósito, un libro de Frederich Nietzsche para algunos inédito, El paseante y su sombra, orientado a la superación de prejuicios morales, religiosos y metafísicos, y donde el autor, entablando un diálogo que va tomando forma de sentencia, advierte que en el desdoblarse está la clave de conocerse. Maestro de parrafadas de largo aliento y no de respiraciones breves, deleita aquí con pasajes sapienciales dignos de un pensador dotado del suficiente ingenio como para querer pensarlo. El aparato crítico del volumen —sin inútiles índices conceptuales y onomásticos— lo convierte en imprescindible. En efecto, logró descubrirse a sí mismo, centrándose en la realidad e irrealidad de cuanto lo rodeaba.

La lengua es para Nietzsche su Heimatland, su patria, “su tierra casa, su tierra residencia, su tierra por él habitada”, desde donde explica lo demás que le rodea. Decido, al igual que él, vivir en el lenguaje libremente, que no pierde ni abandona.