Carta de viaje

Krauze: ensayista, empresario y biógrafo


Yo dedicaría mi vida, ahora lo veo claro, por un lado a estudiar al poder, en libros, ensayos, en biografías, y por otro lado a criticar al poder, en ensayos democráticos y liberales", dijo Enrique Krauze en la entrevista larga y reveladora que, a propósito de sus 70 años de vida, le hizo Ernesto Núñez para Reforma. Krauze haría ese trabajo como biógrafo y como ensayista, en efecto, pero lo haría también como empresario, es decir, como empresario cultural, con lo que pudo dar una repercusión más amplia a su trabajo. El ensayista, el empresario y el biógrafo.

En 1984, Enrique Krauze publicó Por una democracia sin adjetivos, un ensayo en el que planteaba a la democracia como una salida, la única aceptable ante la decadencia de un régimen cuya legitimidad no podía seguir basada, como lo había estado, en la Revolución. Hacía una apuesta por la democracia en un momento en que todos los gobernadores, todos los senadores y tres cuartas partes de los diputados eran del PRI. Y en un momento en que los intelectuales en general no pensaban en la democracia, sino en la Revolución, fascinados por lo que ocurría en Centroamérica. En 1984, así, defender la democracia requería una cualidad: valor, pues había que defenderla contra el Estado y defenderla, también, contra la corriente dominante entre los intelectuales en México. Hoy todos somos demócratas, pero no siempre fue así, como dice José Woldenberg en un apunte sobre Krauze.

La defensa de la democracia, la crítica del poder, convirtió a Krauze, el ensayista, en un intelectual público, pero eso no significó que dejara de ser lo que había sido desde niño: un empresario. En la entrevista de Reforma, él mismo habla de lo que llama "la parte digamos privada de mi vida, mi vida material": cerca de 30 años dedicado a las empresas de litografía de su padre, para lo cual había estudiado ingeniería en la UNAM. Esa parte de su vida es poco conocida —privada, en efecto— pero explica lo que sucedería después, en la década de los 90, cuando fusionó su vocación empresarial con su vocación cultural en las sociedades que fundó: la editorial Clío (1992) y la revista Letras Libres (1999). "En Clío pude, como después en Letras Libres, juntar esas dos vocaciones que siempre fueron paralelas y que de pronto se volvieron convergentes". Esta convergencia significó también, para él, una apuesta. En un momento en que los historiadores tienden a escribir solo para otros historiadores, con un lenguaje no accesible a los demás, en publicaciones acotadas al ámbito académico, Krauze apostó por hablar al público más amplio, no solo en sus libros y sus artículos, muy leídos, sino en los documentales que produce Clío. Con ello reivindicó, por cierto, el deber cívico del historiador. Enrique Krauze, como historiador, ha dedicado su tiempo y su talento a la biografía. Es un notable retratista: perceptivo, iluminador, que entiende (y por eso puede explicar) los resortes que mueven a sus personajes, por lo general figuras públicas (Caras de la historia), a menudo personificaciones del poder (Siglo de caudillos, La presidencia imperial...). Pero creo que como biógrafo, como retratista, él mismo está interesado, más que en el poder, en las personas que lo ejercen y, por extensión, en las personas en general. Las grandes, pero también las pequeñas, que son el tema de varios de sus artículos: los maestros que le daban clases en la escuela, los amigos que hizo en su vida de empresario, el sastre que trabajaba con su abuelo, "el maestro Cuéllar", a quien visitó la tarde del 2 de octubre de 1968.

*Investigador de la UNAM (Cialc
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