McEnroe quisiera ser más como Federer

Al legendario tenista de 58 años le hubiera gustado manejar su fama como el suizo, “quien mantiene su grandeza y parece disfrutar el viaje”.
John McEnroe veía la cancha de tenis casi como si fuera una ecuación geométrica, tenía que resolverla.
John McEnroe veía la cancha de tenis casi como si fuera una ecuación geométrica, tenía que resolverla (Cortesía)

Mientras veía a John McEnroe comer en el restaurante Rosa Mexicano, comencé a comprender lo que sentía Bjorn Borg. Hice todo lo que pude para mantenerme al ritmo del deportista que estaba sentado al otro lado de la mesa. Llegué temprano. Aseguré mi asiento. Sin embargo, me derrotó en un juego que se supone que sé jugar, el almuerzo periodístico.

Este era McEnroe, el que conocí en sus días de dominio en el tenis, cuando humilló a Borg, en Wimbledon, en 1981, camino a sus siete títulos individuales de Grand Slam durante seis años. Nunca fue el jugador más grande o fuerte, simplemente fue implacable. Podía ver todos los ángulos en la cancha y sabía cuándo ir a rematar, cargar la red para lograr una bolea ganadora, con un giro de su incomparable mano zurda.

“No es como si fuera alguien que entra y dice: ‘Oh, Dios, este tipo, vean sus músculos’”, bromeó McEnroe, todavía delgado a los 58 años, pero con la cabeza canosa, como nieve. “Veía la cancha de tenis casi como si fuera una ecuación geométrica, tienes que resolverla”.

McEnroe se sentó en el almuerzo para hablar sobre sus esfuerzos por resolver un problema intratable, qué hacer con uno mismo después de envejecer y continuar haciendo lo que uno siempre ha hecho mejor. A diferencia de la mayoría de nosotros, su crisis de la mediana edad comenzó pronto. Desde que ganó su último major de individuales, en 1984, luchó por reinventarse.

Las reflexiones más recientes del deportista serán publicadas en un libro de memorias llamado But Seriously. La secuela de su libro de 2002, You Cannot Be Serious, es un aclamado recuento de su carrera en el tenis y sus altibajos personales. La obra se centra en su vida como un baby-boomer envejecido.

Sabía que McEnroe acababa de regresar del Abierto de Francia donde fue testigo de la victoria de Rafael Nadal. Tenía grandes esperanzas cuando sugirieron reunirnos en la comida. En mi mente, me imaginé que me presentaba una botella de aromático bordeaux que acababa de probar durante sus dos semanas en París.

En vez de eso, nos reunimos a mediodía en el restaurante Rosa Mexicano, frente al Lincoln Center en la zona oeste de Manhattan.

En su último tomo, McEnroe escribe que no le gusta llegar temprano a nada -ni siquiera a sus apariciones en televisión en vivo- así que estaba listo para que llegara unos minutos tarde. Era más amistoso que el infame McEnroe de la Cancha Central, quien llamó a un juez “the pits” (lo peor) y, por tanto, sorprendió a la audiencia que lo abucheó cuando salió a jugar con Borg en la final de 1980. Pero tampoco yo estaba muy dispuesto para la plática trivial.

Estaba vestido de manera informal, con jeans azules, una camiseta azul de cuello “v” y una chamarra de mezclilla negra, con una gorra de los Mets de Nueva York. Hablamos del juego de la noche anterior y dijo que había llevado a su hijo.

Era tiempo de ordenar. McEnroe, quien vive a unas cuadras de distancia, es cliente habitual. La mesera lo reconoció y le sugirió pedir algo. McEnroe la contrarió. Le preguntó si tenían “el plato de camarones para el almuerzo”. Confundida, le preguntó si se refería al ceviche de camarón. “No, el plato principal”, dijo, corrigiéndola como si fuera un juez de silla miope. “Con sus chiles y arroz y frijoles. Eso está bien para mí”.

En ese momento entré en pánico. Cobardemente sugerí que podría sentirse de mejor humor si se tomaba una margarita. Objetó. “Normalmente, tomo margaritas, pero es muy temprano”. Estaba en camino a su academia de tenis en la Isla Randall para que un equipo de televisión lo grabara jugando y quería estar de la mejor forma.

“Tomaré té helado”, dijo. También pedí uno.

La vida de McEnroe, en su relato, es el clásico caso de demasiado, demasiado pronto. Dice que se perdió la ceremonia de graduación de su preparatoria para jugar su primera semifinal de Wimbledon, en 1977. Sus batallas épicas con Borg ocurrieron cuando tenía entre 19 y 22 años de edad. Conoció a su primera esposa, la actriz Tatum O’Neal, cuando tenía 25 y ella 20.

Dice que desearía haber podido reaccionar a su éxito temprano de la manera como lo hizo Roger Federer, quien mantiene su grandeza entrado en sus treintas, y parece disfrutar el viaje. “La parte que no me gustó fue que siempre estás con cuidado. Nunca te relajas mucho. Siempre estás pensando en ¿quién sigue?”.

En el almuerzo, queda claro que una cosa que impresiona constantemente a McEnroe es la determinación. Jimmy Connors “es un témpano”, pero McEnroe lo reconoce como “un campeón increíble.” La voluntad que tenía era increíble. Borg “nunca se cansó”. Donald Trump, le da risa. McEnroe llama al presidente de Estados Unidos “el Trumpster”. “Si lo ves no es la imagen de la salud”, dice McEnroe. “Pero el tipo tiene más energía de la que he visto en mi vida. ¡Tiene 71 años!”.

Finalmente mi plato llega, descubro que tengo poco apetito. Aunque los camarones estaban bien cocinados y la salsa picante verde sacudió mi paladar, apenas pude probar mi arroz y no toqué los frijoles. Cuando retiraron nuestros platos, McEnroe rechazó una oferta de café en nombre de los dos, y dijo que recibió suficiente cafeína con el té helado. Una última súplica periodística por un tequila -sobre la base de que ya no era tan temprano- cayó sobre los oídos sordos del tenista.