Donald Trump contra la comunidad global

El ideal de una sociedad mundial no es una fantasía, esla realidad actual. La tecnología y el desarrollo económico convirtieron a los seres humanos en los amos del planeta.
“El ‘terrorismo islámico radical’ es una preocupación, pero es absurdo declararlo como una amenaza existencial primordial. El gran peligro es el de una reacción exagerada".
“El ‘terrorismo islámico radical’ es una preocupación, pero es absurdo declararlo como una amenaza existencial primordial. El gran peligro es el de una reacción exagerada". (Shutterstock)

El jueves de la semana antepasada, en Varsovia, parecía que Donald Trump declaraba un choque de civilizaciones. Acto seguido, participó, con incomodidad, en la cumbre del grupo de las 20 principales economías. El G20 encarna el ideal de una comunidad global. Una guerra de civilizaciones es lo opuesto.

El comentario destacado en el discurso de Trump fue el siguiente: “La cuestión fundamental de nuestro tiempo es si Occidente posee la voluntad de sobrevivir. ¿Tenemos confianza en nuestros valores como para defenderlos a cualquier precio? ¿Tenemos suficiente respeto por nuestros ciudadanos como para proteger nuestras fronteras? ¿Tenemos el deseo y el valor para preservar nuestra civilización frente a aquellos que la van a socavar y destruir?”.

El discurso reflejó la postura de dos de los principales asesores de Trump, H.R. McMaster y Gary Cohn, en un artículo que se publicó en mayo: “El mundo no es una ‘comunidad global’ sino un ámbito donde las naciones, los actores no gubernamentales y las empresas, se enfrentan y compiten por tener una ventaja”. Ellos argumentaron que “Estados Unidos primero no significa Estados Unidos, solo”. Sin embargo, EU estuvo solo en el G20. A pesar de que disimularon las grietas, EU estuvo solo en materia de clima y de proteccionismo.

Es fácil aceptar que lo que Trump llama “terrorismo islámico radical” es una preocupación. Pero es absurdo declararlo como una amenaza existencial primordial. El nazismo era una amenaza existencial. También lo era el comunismo soviético. El terrorismo es solo un fastidio. El gran peligro es el de una reacción exagerada. Esto pudiera envenenar las relaciones con 1,600 millones de musulmanes en el mundo.

El ideal de una comunidad global no es una fantasía. Refleja la realidad actual. La tecnología y el desarrollo económico convirtieron a los seres humanos en los amos del planeta y dependientes entre sí. La interdependencia no se detiene en las fronteras nacionales. De hecho, ¿por qué debería hacerlo? Las fronteras son arbitrarias.

Ésta es la era durante la cual los seres humanos transforman el planeta, por tanto, la humanidad ocasiona los daños y sólo la humanidad puede lidiar con ellos. Esta es una razón de por qué la idea de una comunidad global no es un concepto vacío. Sin ella, los daños estarían sin control.

También consideremos la prosperidad. La integración económica mundial no es un complot maligno. Es una extensión natural de las fuerzas del mercado en una era de rápida innovación tecnológica. Un mundo como éste inevitablemente expone a los países las decisiones políticas de otros.

Esa es la razón por la que se justifica la preocupación del G20 acerca de la regulación financiera, especialmente durante la cumbre de Londres, de 2009, y las inquietudes actuales acerca del proteccionismo. La soberanía no es lo mismo que la autarquía. El comunicado del G20, de 2009, lo señaló correctamente: “Partimos de la creencia de que la prosperidad es indivisible”.

La cooperación global siempre será imperfecta y frustrante. No se puede escapara la diferencia de opiniones y a el choque de intereses. Tampoco puede reemplazar el fundamento vital de las buenas políticas y de las legítimas instituciones nacionales. De hecho, ambas son esenciales.

Sin embargo, los asuntos de la humanidad están actualmente demasiado entrelazados, y su impacto es profundo como para ser el subproducto de una toma de decisiones meramente nacionalista. Esta verdad puede ser dolorosa. Pero es una realidad. Dentro de ese sistema de cooperación global, es posible que Occidente todavía tenga, durante un tiempo, la voz más fuerte. Pero incluso esto solo es posible si está unido.

Si Trump desea que el resto de Occidente esté a su favor habrá un choque de civilizaciones, en la que EU se alinea con las opiniones europeas contemporáneas más reaccionarias y chovinistas, entonces Occidente no puede existir.

Si es necesario, los europeos tendrán que alinearse en algunos asuntos vitales, no con EU, sino con los más progresistas del resto de los países.

Podríamos preguntarnos, ¿cómo surgió ahora este choque de civilizaciones, no tanto entre Occidente y el resto, sino dentro de Occidente, un choque que se simboliza con las perspectivas contrastantes de Angela Merkel de Alemania y el propio Trump? Detrás de esto hay algo notable: la distribución del ingreso en EU ahora se parece más a la de un país en desarrollo que a la de una economía avanzada. El populismo (tanto de izquierda como de derecha) es una consecuencia natural de una gran desigualdad.

La transformación de EU que vemos podría terminar siendo duradera. Si es así, el mundo entra en una era peligrosa. Sostiene el exfuncionario del Departamento de Estado, Richard Haass, “EU no es suficiente, pero es necesario”. Tiene razón. Si el actor clave “necesario” está ausente, el desorden parecería inevitable.